Entre los posibles efectos colaterales de trabajar en una revista, resulta inevitable la obsesión con la edad. Hablamos tanto sobre cómo detener las señas del paso del tiempo o de lo increíble que se ve tal o cual aunque ya tiene tantos años, que ahora me cuesta trabajo reconciliarme con todo ese discurso de “la edad es sólo un número”. Concuerdo con que no debe ser un impedimento ni algo que nos quite el sueño, pero tampoco creo en restarle peso. La edad importa porque representa el número de historias –y mañas, libros, arrugas, consejos y joyas– que hemos acumulado, y eso es lo que nos hace ser quienes somos. Hace unas semanas tuve el privilegio de conocer y compartir un par de días con la legendaria Iris Apfel, quien…
