Heredé mi amor por el cine, como tantos otros rasgos, de mi padre. Algunas de las memorias más recurrentes de mi infancia son de las muchas tardes y noches que pasamos viendo películas –que muy raramente eran de Disney. Recuerdo a Charlie Chaplin cambiando su inconfundible bombín por un overall en Modern Times; a Vivien Leigh mostrando la fortaleza de Scarlett O’Hara al hacerse un vestido con la tela de las cortinas de su madre en Gone With the Wind; a Audrey Hepburn, en su papel de Jo, la bibliotecaria convertida en modelo, descendiendo por la escalera del Louvre, posando para Fred Astaire, enfundada en un inolvidable Givenchy rojo en Funny Face (cinta que, mucho después descubrí, era una clara recreación de dos personajes clave para Bazaar: Diana Vreeland y…
