SE DICE QUE, cuatro años después de abdicar como rey de Inglaterra, el duque de Windsor, EduardoVIII, fue a la boutique de Cartier en París para obsequiar a su mujer, Wallis Simpson, con una pieza digna de su historia de amor. Renunció al trono por ella, rompiendo con las normas y protocolos de una cuadriculada realeza británica, para poder casarse con esta americana de personalidad arrolladora y estilo impecable… pero doblemente divorciada. Ante los ceños fruncidos de su familia, su amor fue digno de película, y se materializó en tesoros joyeros en los que muy habitualmente se veía involucrada la casa francesa, asentada ya, en ese tiempo, como la favorita de la aristocracia. Ese encargo en 1940 fue especial: se trataba de un broche con forma de flamenco que el…
