LOS NOSTÁLGICOS DEL HOLLYWOOD CLÁSICO suelen decir que ya no hay estrellas como las de antes. Y ante tamaño envite solo cabe una respuesta: Leonardo DiCaprio. Carisma, técnica, trabajo, belleza, compromiso, riesgo. Activista por los derechos sociales, rostro imprescindible del cine de Martin Scorsese en la última década y media, productor de artefactos de denuncia política como El asesinato de Richard Nixon y Los idus de marzo, e intérprete pluscuamperfecto de obras para la historia como El lobo de Wall Street, DiCaprio, hijo de Hollywood, cosecha de 1974, parecía predestinado desde su lugar de nacimiento. Y, sin embargo, cada año, la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, su buque insignia, le negaba no el premio sino lo justo. Tres candidaturas al mejor actor (El aviador, Diamantes de sangre…