Hay que tener la piel muy dura, el corazón muy incendiado y el cerebro muy engrasado para lograr una hazaña como la de Sara Socas (Tenerife, 1997): ser la primera mujer en entrar en la primera división de las batallas de gallos, una voz feminista y combativa en un entorno que probablemente es el epítome de lo machirulo. De hecho, le ofrecieron ese ‘pase de oro’ a modo de invitación políticamente correcta, pero ella renunció porque quería ganarse el puesto por sus propios méritos. Y, aun así, ¡oh, sorpresa!, la cuestionaron. Tras más de dos años en esa élite, e inspirada por el movimiento argentino que encabezan Duki o Trueno, un entorno con el que tiene varias conexiones, va a dar el salto de la improvisación al mainstream con un…
