Confitándolas convenientemente en aceite, durante dos horas a fuego muy bajo, las alcachofas adquieren una melosidad maravillosa. Si añadiste pimentón de la Vera antes al aceite calentándose apenas, la alcachofa sabe a fiesta Mayor, ahumada, tiernísima, deliciosa. Pienso en mis alcachofas al pimentón mientras me como unas, medio crudas, sin sabor, en un restaurante que acaba de abrir. Miro el local reluciente, los apliques de luz recién puestos, los grabados elegantes, las camareras atentas, con mandiles impolutos, y me pregunto si hago bien diciéndoles que muy bien, cuando me preguntan qué tal ha estado todo. ¿Cómo decirles que las alcachofas no sabían a nada, que la ventresca no estaba muy fresca, que, salvo las anchoas –que eran de lata y han traído sin pan–, todo lo demás era mediocre?
Cuando…
