La artista canadiense Agnes Martin (1912-2004) se dio cuenta de que su sobrina de once años se había enamorado de una rosa que, exuberante y bella, florecía en un jarrón. Al recalar en su mirada de arrobo, Agnes le preguntó si creía que la rosa era bella, a lo que la pequeña respondió entusiasmada que claro. Entonces, Martin cogió la flor y la escondió detrás de su espalda, donde ella no alcanzara a verla. «¿Sigues pensando que la rosa es bonita?». Sin dudarlo, su sobrina asintió. «Eso es porque la belleza de la rosa no se encuentra en ella, sino en tu mente».
Agnes no tuvo una vida fácil. Nacida en una remota granja en Saskatchewan, marcada por el asfixiante vínculo con su madre, su vida dio un vuelco al…