Imaginemos un auditorio lleno de gente. O no, un momento. Quizás se trate de un teatro o de una sala inmensa y desangelada. O, tal vez, de un teatro antiguo, de una moderna y hipsterizada nave industrial. Aunque, en realidad, qué más nos da el lugar: aquí carece de importancia. Así que volvamos a la gente. Si tomáramos perspectiva, si nos alejáramos un poco del lugar, veríamos sólo pequeñas cabezas. Son tantas que, a una distancia determinada, parecerían alfileres. Ninguna de esas personas son familia, tampoco se conocen, no comparten ni raza ni biografía, aunque existe entre ellas un denominador común: están tan atentas que no se escucha ni siquiera un carraspeo. Son todo oídos. Mantienen los ojos cerrados y escuchan una misma historia. En este caso, porque ahora dejamos…