Miranda Kerr (Sídney, Australia, 1983) posee lo que ella llama una tendencia a subirse a los árboles. Lo hace desde niña; primero, en el sauce que gobernaba el patio trasero de la granja de sus abuelos, en Gunnedah (un pueblo del interior australiano); y, ahora, con sus hijos en el magnolio de su casa en Brentwood (California), o en la de Los Ángeles. Mira hacia arriba, observa dónde agarrarse, y trepa. «Un día, mi abuela me dijo: “Prueba a subir, ya verás”. Y, claro, me sentí libre entre sus ramas», dice. Ella sabía que, al bajar, la esperaba una vida singular. Cuenta que de pequeña era una idealista y que, con doce años, soñó con ser bióloga marina y, luego, naturópata. Ahora, a sus 38, es nutricionista -ha terminado un…
