Me reconozco poco usuaria de las redes sociales; no ajena del todo, pero sí bastante al margen. Tampoco me prodigo en saraos ni eventos más allá de los que exige mi trabajo. Cada vez que publico un nuevo libro, me vuelco en su promoción activamente, aunque, en cuanto puedo, desaparezco. Cuando reservo mesa en un restaurante no suelo dar mi nombre. A veces, incluso siento la tentación de negar que soy yo cuando alguien, en algún momento poco oportuno, se acerca preguntarme. Definitivamente, cada vez valoro más la privacidad, la discreción y, en la medida de lo posible, el anonimato. Es una opción de vida, supongo que tan válida como la de quien muestra a diario lo que desayuna, come o cena, los rostros de sus hijos, el último corte…