Un camarero de americana blanca abotonada, señoritas de piernas interminables. Un reloj suizo, las dos en punto, una terraza… VIP, claro. Un buen coche. No, son varios. Olor a gasolina, ¡parrilla de salida! Y ahora, estimado lector, ponga una bebida en la mano del testigo de esta escena imaginaria: ¿no sería acaso un Martini?
Los amos del vermú –igualados por Moët– han asociado su imagen a la competición del motor de un modo magistral desde 1968. Rallies, resistencia, turismos, lanchas y, por supuesto, Fórmula 1, la casa de Pessione encontró en las carreras el espectáculo global que mejor se asociaba a sus propios valores. Así empezaron a pintar coches con las inconfundibles bandas de colores que han acabado en la botella del vermú –fue así y no al revés–. Amon,…