Parecía no desfallecer nunca. Pero era humano, muy humano. Y llego el momento. En una cuneta, como le gustaba. Subiendo un puerto en bici, eran “los locos de las cumbres”. Seguía su ritmo, pero si alguien se quedaba atrás, en todos los sentidos que una vida tiene, él se dejaba caer, para acompañar. No sabia hacer otra cosa. Capaz de intuir cuando alguien necesitaba ser acompañado.
En junio de 2005, llegué el ultimo de los más de cinco mil participantes de la Quebrantahuesos. Más de 12 horas, 205 kilómetros y cuatro puertos duros de montaña. Juanto me estaba esperando. Nos conocíamos. De la bici, sí, pero, sobre todo, de otras facetas de nuestras vidas hoy tan poco comunes. Entonces y ahora, nos decíamos creyentes. A nuestra manera, poco convencionales, sin…
