El 16 de agosto de 1956, el cementerio Holy Cross de Culver City, en Los Ángeles, recibió a su más ilustre huésped. En la lápida podía leerse una simple y cálida inscripción: “Amado padre”. Sin embargo, su capa, su traje impoluto, su anillo… Por no hablar de la comprensible palidez. Aquella indumentaria, complementos y aspecto pertenecían a una criatura que, apenas 25 años antes, había atraído y repelido, por partes iguales, a millones de espectadores de todo el mundo. Allí descansaban, parece que por fin en paz, los restos de Béla Lugosi y el conde Drácula. O viceversa. Porque, durante los últimos años, costaba saber con certeza dónde empezaba uno y terminaba el otro. Fue así como trascendió una enorme leyenda urbana: el actor rumano, poseído del espíritu del vampiro…